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En un espléndido poema, Raúl Gómez Jattin se cuestiona por el sentido de la vida cuando todo parece perdido, cuando se extravía el sentido mismo de seguir vivo. En una imagen desconsoladora, pero afilada, se interroga a sí mismo para qué seguir siendo árbol / … si mis pájaros migraron a otros lugares. Continúa, aún más mordaz, preguntándose …ya para qué seguir siendo árbol / sin habitantes / a no ser esos ahorcados que penden / de mis ramas… Ahora bien, dentro de los innumerables aciertos en la brevedad de su poema, hay uno que quisiera destacar en esta ocasión. Se trata de la frontera entre la vida y las aves, la cual es siempre una materia de suma profundidad y altura.

La tan estrecha relación entre las dos fue una cuestión que ya había sido advertida, con la sutileza de la lengua y de la historia, por los romanos durante la República. Nos cuentan Tito Livio y Plutarco que, durante las guerras contra los galos en la segunda mitad del siglo IV a.C., en específico, durante la Batalla de Alia, las aves fueron la última trinchera contra la muerte. Los galos, en un despliegue táctico increíble, escalaron, a las puertas de Roma, el templo de Carmentis con la cautela necesaria para pasar inadvertidos frente a los centinelas y poder así conquistar la ciudad. Nadie, o bueno ningún humano, los escuchó. Y digo ningún humano, porque los únicos que se dieron cuenta de los invasores fueron los gansos sagrados que habitaban el templo de Juno, los cuales, como lo señalaba Plutarco, tenían el oído muy fino (Camilo. 27, 2). Bueno, he debido decir que ningún humano ni ningún otro animal, porque ni siquiera los perros, que dormían, se percataron.

Los gansos con graznidos despertaron a todos los romanos, que encabezados por Manlio hicieron frente al ataque. Aunque Livio (V 47, 4) cuenta que el primero que se despierta es Manlio y fue éste quien alertó a los demás, el resultado fue el mismo: los romanos lograron repeler el ataque de los galos y, con ello, salvarse a sí mismos de morir, gracias a las aves. Como castigo, los perros que se durmieron fueron condenados a muerte, mientras que los gansos comenzaron a ser enaltecidos con honores, ritual que llevará por nombre supplicia canum. Se perfila, por lo tanto, una relación muy concreta entre la presencia de pájaros y la presencia de vida o, por el contrario, la falta de vida y la falta de pájaros.

Foto tomada por: Sebastián Uribe Rodríguez (Gijón, 2025)

Si todavía hubiese alguna duda al respecto de esta relación, la particular etimología de «Averno» produce, en este caso, una sensación definitiva. El vocablo en español proviene de la palabra latina «avernus», la cual, como ya lo advertía en el siglo IV d.C. el gramático Mauro Servio Honorato, a su vez tiene su origen en el griego «ορνος», cuyo significado literal es: sin () pájaro (ρνις). En ese sentido, los griegos, los romanos y Raúl Gómez Jattin entendieron perfectamente el significado del Averno, porque ¿qué queda de la vida sin pájaros?, ¿qué sería de un lugar, sin la paloma de la paz, sin Piolín, sin Grip —la cuerva de Chrles Dickens—, sin el Pájaro Loco, sin Pepe Carioca —aunque fuera creado por la política norteamericana de la buena vecindad— o sin las aves de paso que, como pañuelos, curan fracasos?

Como una trinchera frente a los mortales vapores de la vida, vivir se parece, entonces, a un pájaro en pleno vuelo. Pero qué sucede, me pregunto, cuando el encierro se convierte en libertad, cuando, como afirmaba Alejandra Pizarnik la jaula se ha vuelto pájaro. La sutileza del tiempo perdido y el incalculable miedo a que se consuman pesadamente los días nos hacen ver, al final, que toda cuestión vital se reduce a estar profundamente presentes entre el vuelo y el refugio. Existir y ser leves es, en profundidad y altura, la manera de recuperar ese sentido de la vida. Por lo tanto, para balancearse ingrávidos en el aire, lo mejor es pasar por inadvertido o como lo que aconseja Skipper, acaso el más ingenioso de los Pingüinos de Madagascar y «Sólo sonrían y saluden, muchachos. Sonrían y saluden”.

Sebastián Uribe Rodríguez

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